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Rito japonés, tras el aborto

martes, 28 de julio de 2009 , Posted by Agencia la Voz at 0:35


JAPON-. ( AGENCIALAVOZ.COM ) La ritualización japonesa del duelo tras el aborto es criticada como negocio explotador de traumas de pena o culpa; pero también se interpreta como catharsis de sanación. El fenómeno deja perplejo al turismo occidental; lo compruebo, guiando por Kamakura, al mostrarles en el templo de Hase las estatuillas-ofrenda por las criaturas no nacidas. Se llaman mizuko: «infantes de las aguas», navegantes por la transmigración hacia un nuevo renacer. W.R. LaFleur lo estudió en su Vida en estado líquido (Liquid Life, 1992), cuestionando por qué la sociedad japonesa no se escinde entre dos posturas irreconciliables, pro y contra el aborto. A los bioeticistas extranjeros, en un congreso de Kyoto, les extrañaba la compatibilidad de la compasión budista con la permisividad social hacia el aborto.


A los bioeticistas japoneses, en un congreso de Berlín, les extrañaba el debate antitético occidental: el aborto como derecho o como crimen.
He recibido en Japón consultas de personas sin afiliación religiosa que, conociéndome como sacerdote católico, me solicitaban un rito funeral de duelo por el feto perdido. No lo cuento como si fuese una alternativa a las discusiones occidentales, ni para idealizar el ritual de mizuko. Pero da qué pensar esta percepción cultural del feto, que repercute en el aconsejamiento y acompañamiento de personas antes y después de su toma de decisión.
Mizuko viene de Mizu: agua y Ko: niño. Es la criatura abortada, ya sea espontánea o intencionadamente. Percibido el feto como viviente, su vida se considera flotante, a la espera de otro renacer. En el cultivo sericícola del XVII, los agricultores se deshacían de los gusanos de seda inservibles colocándolos sobre esterillas de paja flotantes en el río. Con ese imaginario de fondo, el feto abortado flotaría de regreso al mar originario de la vida. Para ritualizar el duelo, se presentan ofrendas y plegarias al bodisatva Jizô, imagen monacal e infantil, de quien se espera interceda para disculpar a la madre, y por el feto, para que cruce de nuevo el río del más allá y renazca. La mitad de madres abortantes recurre a estos rituales, pidiendo disculpa o para evitar un mal. El anuncio en un semanario informa sobre la variedad de precios por los ex-votos: treinta mil yenes, sesenta mil o más, según la clase.
Aborto e infanticidio, en la historia de la cultura japonesa, se designan con metáfora agrícola: Mabiki (Ma: espacio intermedio. Hiku: arrancar) significa sacrificar selectivamente, arrancar de un bancal brotes excedentes. Así aparece en el diccionario japonés-portugués de los jesuitas de Nagasaki (1603). La aplicación al control de natalidad, a mediados del XVII, justificaría prácticas abortivas o infanticidas desde una percepción religioso-cultural de la muerte de fetos o neonatos como retorno al mundo de dioses o budas. La cosmovisión budista ve nacimiento y muerte, no como eventos puntuales, sino como tránsitos en un proceso: nacer es ir saliendo del mundo búdico al humano; morir es ir saliendo de éste para retornar a aquél. En la cultura popular del Japón medieval, el nacimiento no bastaba para reconocer pleno estatuto humano. Los ritos de tránsito (presentación en el templo a los cinco y siete años, paso a la pubertad y a la adultez, etc.) señalaban el reconocimiento social, así como las etapas del duelo (ritos en los días tres, siete, cuarenta y cinco y cien después de la muerte; conmemoraciones en el aniversario, y en los años tercero, séptimo, décimo tercero, etc.) reflejaban el alejamiento paulatino de la persona fallecida. Nacer y morir se percibían como caminos de transición entre esta y la otra orilla. No es extraño que se aplique al feto abortado el verbo Kaeru (regresar), cuya forma transitiva sería Kaesu (devolverlo al origen).
Ante la pregunta por la culpabilidad, muchas mujeres japonesas coincidirían en reconocer un «sentirse mal por lo ocurrido» y una necesidad de «hacer algo para repararlo». A veces podría ser, en vez de remordimiento, miedo a un tatari: maleficio o retribución contra quien infringió un tabú. Esta ambigüedad divide las opiniones acerca de la posibilidad de asumir estos ritos. Por eso se discute en las iglesias cristianas: ¿Deberían incorporarse semejantes ritos en los procesos de sanación tras el trauma de un aborto; o, en el caso católico, en el sacramento de la reconciliación? ¿Se teme que estas ritualizaciones favorezcan una justificación del aborto? Evitando el peligro de comercialización de la ritualización japonesa, ¿conectaría con la celebración cristiana del perdón?
Cuando el día de san Ignacio, en la cripta de la iglesia de los jesuitas en Tokyo, acompañe, como otros años, a una madre a orar ante el nicho de sus difuntos, leeré sobre la lápida tres nombres: junto a dos, fallecidos prematuramente con solo unos meses, hay un tercer nombre elegido por ella para el que, lamentablemente, no llegó a nacer. Rogará que los tres sean sus ángeles protectores.

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